Militar disidente Anyelo Heredia narró los motivos de su huida de Venezuela y explicó por qué considera un «traidor» al opositor Leopoldo López

Por David G. Maciejewski
EL ESPAÑOL

La historia del capitán Anyelo Heredia tiene tantas aristas y matices que bien podría convertirse en una serie de televisión. Este militar venezolano de 38 años conspiró contra el régimen chavista de Maduro, denunció el tráfico de gasolina y caucho en Táchira y fue torturado y encerrado en la prisión de Ramo Verde acusado de traición. Allí coincidió con el opositor Leopoldo López. Tras dos terribles años en la cárcel de máxima seguridad, Heredia protagonizó una épica fuga hacia Caracas para acabar, meses después, en Bogotá. Con la llegada de Gustavo Petro decidió poner rumbo a Estados Unidos, pero antes tuvo que cruzar toda Centroamérica. Un periplo que estuvo a punto de costarle la vida. Tras sufrir amenazas, interrogatorios, persecuciones y hasta el secuestro de su familia, hoy sobrevive colocando fibra óptica en un pequeño pueblo de Mississippi, donde espera sus papeles para convertirse en refugiado político.

 

A pesar de que el régimen bolivariano trató de acallarlo, Heredia supo llevar consigo toda la información comprometida y sobrevivir para contarlo. Aún hoy, desde el exilio, dice mantener estrecho contacto con las altas cúpulas militares y manejar «información delicada». El exiliado venezolano desvela a EL ESPAÑOL | Porfolio detalles, nombres y apellidos de personas que lo ayudaron en su fuga con el objetivo de certificar que su historia es completamente verídica, pero este diario no puede reproducirlas todas para no comprometer a las personas involucradas. De lo que sí puede dar cuenta el militar es de su vida personal, de su odisea vital y de la corrupción que vio con sus propios ojos y denunció con sus labios.

Aunque Anyelo Heredia tiene la voz serena de alguien que ha sufrido los desmanes de la tiranía, su espíritu es el de un revolucionario que desea que la libertad y la democracia vuelvan a su país. «No podemos perder la esperanza», asegura. «Nos encontramos en un momento inédito. El régimen de Nicolás Maduro va a llegar a su fin. Ya tiene 59 años. Difícilmente va a durar veinte más. El estrés, la mala alimentación… Todo conspira contra él. Hugo Chávez tuvo más apoyo y no llegó a los 60. A este no le quedan 10 años. Entonces nacerá un liderazgo distinto. Y yo puedo aguantar hasta 30 años más. Por eso es importante que nos mantengamos unidos y que cada uno de nosotros, desde nuestra trinchera, desde nuestra posición geográfica, aportemos como podamos un granito de arena. Es la única manera de conducir al pueblo venezolano hacia el hermoso camino de la libertad que tanto soñamos».

Anyelo Julio Heredia Gervacio no es hijo de políticos ni de militares. Por eso siempre fue una rara avis dentro del Ejército, ya que, según cuenta, es raro que un chaval de un pueblo rural, de madre dominicana y padre larense (originario del estado de Lara), ambos sin influencia política, llegase a estar entre los veinte mejores militares de su promoción en la Academia Militar de Venezuela. Al recordar aquellos años de juventud, confiesa que la vocación por el uniforme caqui le llegó por culpa de la tragedia de Vargas, los violentos deslaves e inundaciones de diciembre de 1999 que le costaron la vida a entre 10.000 y 30.000 venezolanos. «Recuerdo que todo el estado se llenó de lodo y muchos nos tuvimos que mudar», evoca Anyelo Heredia.

«Chávez hizo que muchos ciudadanos se albergaran en los cuarteles, y fue allí donde vi por primera vez la vida militar: los trotes, la diana, los disparos. Yo estaba en mi último año de Bachillerato, tenía 15 años, y cuando vi los desfiles empecé a sentir afinidad». Ese espíritu de fraternidad y de defensa de la patria es lo que movió a Heredia a ingresar en la prestigiosa academia militar caraquense. Corría agosto de 2002. Sólo cuatro meses antes Chávez había sufrido un amago de golpe de Estado. «Entonces yo no tenía conciencia política ni ideología», afirma el capitán. «Además, cuando entrábamos a la Academia nos hacían firmar un papel en el que reconocíamos que éramos apolíticos».

Sin embargo, tras el intento de derrocamiento de 2002, Hugo Chávez reforzó la propaganda en todo el país, y eso pasó por politizar la Academia Militar de Venezuela. Lemas y carteles con el rostro del líder empezaron a inundar las instituciones públicas, igual que hicieron Mao y Stalin. Algunos de los directores de la Academia, como Carlos Alcalá Cordones, comenzaron a referirse a la institución como ‘cuna de la revolución bolivariana’. «Ahí inició mi descontento y me puse a indagar, a leer más. Hay que recordar que nosotros no sólo nos formábamos en actividades militares, sino que debíamos conocer las diferentes doctrinas políticas. Porque el mundo militar pertenece a las esferas del poder político, religioso y comunicacional y, por tanto, debíamos conocerlas. Eso expande mi mente», reconoce Heredia.

Fue esa amalgama de descontento con la politización de la academia militar y el despertar de su conciencia crítica las que impulsaron al entonces cadete Heredia a mirar hacia el régimen chavista con escepticismo. «Todo estaba cambiando: la intendencia de los soldados era errática, fallaba la logística, se cambiaron los fusiles americanos por armamento y asesores rusos». Entre los pasillos de la escuela ya se empezaba a palpar el malestar, pero Heredia se mantuvo al margen. En 2007 ascendió a subteniente. En 2010 consiguió el distintivo de primer teniente y en 2015 alcanzó el puesto número 18 de 300 de su promoción. Finalmente, logró su máximo logro militar: el ascenso a capitán.

Denuncia de contrabando y traición

En 2013 llegó un rayo de esperanza para los opositores que anhelaban un cambio de ciclo: Hugo Chávez fallecía tras padecer un largo cáncer. Todo el mundo pensó que llegaría una transformación profunda de la política, que la oposición aprovecharía el descontento y se alzaría con el poder en Venezuela. Pero no fue así. Según Heredia, los opositores no supieron, o no quisieron, aprovechar la ocasión: «No estaban cohesionados o tenían negocios oscuros con el chavismo. O, directamente, no les convenía un cambio, porque eso significaba que saldrían a la luz pública todas las acciones y trapicheos que tuvieran entre manos».

Entonces Nicolás Maduro irrumpió en el Palacio del Miraflores. El militar tacha al actual dirigente de Venezuela de ser un «narcotirano» que ha cometido contra su pueblo toda suerte de tropelías. Sin ir más lejos, la Misión Internacional Independiente de la ONU para Venezuela acaba de acusar al Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y a la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), ambos bajo control directo de Maduro y del vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello, de haber cometido «crímenes de lesa humanidad» contra la disidencia política. Consciente de que la democracia se resquebrajaba, el capitán comenzó a llevar más allá su malestar y conspiró contra el régimen. «Se estaba fraguando un movimiento contra Maduro», asegura.

Por aquel entonces el militar ya era capitán de la 1407 Compañía de Ingenieros de Coloncito, en Táchira. Allí se ganó la enemistad de varios generales tras haber denunciado el contrabando de caucho y gasolina. «Recuerdo que vi un camión de PDVSA [la poderosa petrolera estatal venezolana] vendiendo gasolina de forma ilegal. Cuando lo denuncié, el general de la brigada dio la orden de que no se hicieran más denuncias sin su autorización. Yo me quise amparar en la Constitución, que dice que si un funcionario público ve un hecho delictivo de forma flagrante, este debe actuar». Sin embargo, Heredia recuerda que una de las estrategias políticas de Maduro fue militarizar su autocracia poniendo al frente de cada ministerio público a generales afines al chavismo, y eso «lo único que hizo fue acrecentar la corrupción». De ahí la connivencia entre los corruptos y quienes supuestamente debían salvaguardar la legalidad.

No fue el único caso que denunció como capitán de la 1407. En 2017, Heredia también se jugó su puesto tras descubrir los trapicheos entre algunos militares y los una empresa de cauchos clandestinos llamada Cauchos Cauca, ubicada en Barquisimeto, estado de Lara. «Algunas empresas empezaron a acaparar cauchos esperando a que aumentase el precio del mercado para venderlos. Un día descubrí un galpón [una suerte de cobertizo] con miles de cauchos. El dueño se las regalaba a las unidades militares para que tuviesen ruedas para los vehículos. Los generales hacían la vista gorda y les dejaban seguir con sus negocios al margen de la ley. ¿Qué sucedió? Lo denuncié y algunos generales volvieron a prohibir exponer este tipo de casos sin su previa autorización».

«Los oficiales empezábamos a murmurar en silencio. Me relacioné con algunos de mis superiores que tenían una noción más clara de la situación política de aquel entonces. No estábamos de acuerdo con las acciones del régimen de Maduro. Así que me metí en la conspiración, pero siempre sin dejar de lado mi vida militar, tratando de ser el mejor. Nunca me sancionaron porque era un buen oficial. Si había que decir ‘Chávez vive’, yo lo gritaba. Porque la conspiración tenía que sobrevivir a pesar de mi rebeldía. Era necesario mantener los puestos privilegiados, que pudiera comandar para tener armamento a mano. Si hubiese sido indisciplinado no habría sido útil. Una vez nombrado capitán, tendría el dominio de las tropas y el armamento y dependería sólo de un general. En esa tesitura podía desarrollar mi liderazgo. Fue por aquellas fechas que empezó a haber conexiones entre militares, políticos y la sociedad civil. Mi función era captar a oficiales subalternos –capitanes, tenientes, sargentos– que no estaban de acuerdo con lo que sucedía en Venezuela».

«Me daban descargas en el estómago»

En abril de 2017 se estaban fraguando unas protestas multitudinarias que iban a reclamar un adelanto electoral, un cambio político en el país y la exigencia de la liberación masiva de presos políticos. Sin embargo, antes de que estallaran las revueltas, las autoridades ya se olían que entre las altas esferas del Ejército venezolano había militares díscolos que estaban urdiendo un plan para deponer a Maduro. El capitán Heredia estaba entre ellos. Si las movilizaciones de abril tenían éxito, algunos militares habrían apoyado al pueblo y secundado un cambio de ciclo político. Pero un empresario que iba a colaborar en la conspiración en la que participaba Heredia, Jorge Alberto Rodríguez Morón, lo delató a él y a algunos de sus compañeros.

Después de que intervinieran su teléfono y cazaran varias conversaciones comprometedoras, el militar fue acusado, tal y como se puede leer en la página 86 del documento de la Fiscalía Militar Tercera Nacional en el que se enjuicia al «Cap. Anyelo Julio Heredia Gervacio, CIV-16.309.410», de delitos de «traición a la patria», de «instigación a la rebelión» y de los delitos contra «el orden y la seguridad de la fuerza armada». «Me llevaron preso», evoca el acusado. «Tras detenerme, me fueron a buscar en un charter al aeropuerto de La Fría, me colocan una capucha, me montaron en una avioneta privada y me llevaron a Boleíta, donde está uno de los cuarteles del DGCIM». El sueño revolucionario había terminado.

Allí se desató un infierno de amenazas y torturas. Como prueba, Heredia muestra las cicatrices de sus muñecas a través de la videocámara. «Querían hacerme confesar y delatar a mis compañeros, pero tuve la fortaleza de no hablar. Eso me dio credibilidad entre la gente que había trabajado conmigo», sentencia. El relato de los abusos que recibió es escalofriante: «Me amarraron las manos y me colgaron del techo. Me colocaron las rodillas encima de una plataforma y empezaron a pegarme con un palo de bambú. En las plantas de los pies y en los glúteos. Me dieron descargas eléctricas en el estómago. Me echaron polvos lacrimógenos en la nariz y en los ojos para irritarme. La mayoría de personas a las que torturan acaban hablando. Lo entiendo. Puedes morir, como le pasó al capitán de corbeta Costa Arévalo. Pero yo no lo hice. Lo soporté. Tuve suerte».

Tras ser torturado por el DGCIM con el objetivo de delatar a otros conspiradores, el capitán Heredia, ya maltrecho, fue enviado a la cárcel de Ramo Verde, la misma en la que estuvo encerrado Leopoldo López. Allí coincidió con el exministro de Defensa Raúl Isaías Baduel, fallecido en octubre de 2021, una de las figuras clave de la disidencia antichavista a pesar de haber ayudado a Chávez a ser restituido en 2002 tras la intentona de golpe de Estado. Preguntado por su relación con Leopoldo López, la cara más visible de la disidencia, Heredia confiesa que coincidió con él en varias ocasiones, aunque «sólo se dieron la mano y charlaron brevemente».

«Él estaba en el ala B, así que nosotros sólo nos veíamos cuando hacían la misa, que era cuando le dejaban mezclarse». Sin embargo, el militar no tiene buena opinión del que fuera líder de la oposición, principalmente desde que se destapó un escándalo de presunta corrupción relacionada con la empresa colombiana Monómeros. «Dije que era un traidor. Creímos en él. Pensamos que era una persona que podía lograr la libertad, pero no supo catalizar el descontento ni los recursos que tuvo a su disposición. Cuando supimos de los negocios oscuros con Monómeros en Colombia y le abrieron juicio… En fin, se lavó las manos como Poncio Pilatos. Él sabe que no es bien recibido para mí ni para el resto de prisioneros políticos».

Más allá de sus diferencias con Leopoldo López, el principal objetivo de Heredia en Ramo Verde era escapar del hacinamiento, la insalubridad y la violencia sistemática. Pero era una cárcel de máxima seguridad llena de cámaras y guardias y muy cercana a los cuarteles del DGCIM. «Yo era un preso político, pero estaba con el resto de presos comunes. Había una mala alimentación, celdas sin baños, tenías que hacer tus necesidades fisiológicas dentro de la celda. Había ratas y cucarachas». El capitán estuvo dos años y medio en aquel tugurio. Hasta que en 2019 decidió que saldría del infierno y recuperaría su libertad. Aunque en el proceso pudiera perder la vida.

Fuga desesperada y secuestro de familiares

Dos años y nueve meses de prisión en Ramo Verde fueron suficientes para conocer todos los movimientos y conductas que seguían los guardias. Algunas de sus rutinas funcionaban como un reloj suizo. Heredia sabía que uno de los días de menor actividad, eran los 25 de diciembre, en Navidad, una fecha en la que solían acudir los familiares para ver al resto de presos. El padre del capitán Heredia vino a visitarlo. «Fue la última vez que lo vi», confiesa, emocionado. «Probablemente sea la última, porque ya tiene 84 años y vive en República Dominicana. En fin. Le dije que me iba a escapar». El padre de Heredia preguntó, alarmado, por el plan. «‘Voy a salir, así que dame todo lo que tienes en el bolsillo’, le dije. ‘Cuídate, hijo, que te van a buscar’, fue su respuesta. Entonces yo empecé a darle información falsa sobre lo que iba a hacer, porque sabía que hablaría si le presionaban en un interrogatorio. Le dije que iría a la casa de una amiga de mi madre y que fuese a buscarme allí para el Año Nuevo».

El capitán recuerda aquel momento como si fuera ayer: eran las dos de la tarde y le pidió a su padre que se marchara. «Mi papá se fue con mi bolso y yo me coloqué dos pares de medias, dos boxer, uno encima de otro, una franela y una chaqueta. En la cárcel había un teléfono que logré introducir. Lo puse con mucha batería, lo metí en una bolsa y lo coloqué en mis zonas íntimas». Las 16:30 de la tarde era el momento ideal; el punto exacto en el que se ingresa comida al centro penitenciario mediante un carro de supermercado. «Cerca de la puerta principal había un bote de basura. Agarré una bolsa. Vi que había un custodio [vigilante]. Justo llegó una señora para ver a uno de sus familiares y el vigilante que había en una de las casetas salió para darle su cédula».

Aprovechando que todo el mundo estaba mirando hacia otro lado y la puerta principal abierta, Heredia cogió toda la velocidad que pudo y se escapó corriendo. Así de sencillo. «Sólo me vieron dos prisioneros. Debieron quedarse sorprendidos. Si alguien hubiese estado mirando las cámaras me habrían visto fugarme, pero al ser Navidad el personal no estaba atento. Corrí. Salté una cerca y hasta escalé el alambre de espino con mis manos desnudas. Al estar al otro lado, fuera de la cárcel, fui al barrio más cercano. Como era 25 de diciembre, había fuegos artificiales, y yo llegué a pensar que eran disparos de escopeta. Seguí caminando hasta que vi a una señora que me preguntó de dónde era. Le dije que prisionero, y que si decía algo la amenazaría con decir que ella me escondió».

Tras escapar de los vigilantes, que se dieron cuenta de su error horas después –dos de ellos serían detenidos y encarcelados temporalmente por su negligencia–, Heredia encontró a varias personas que lo escondieron en su casa. Pero, por prudencia para estas personas, pide explícitamente no dar más detalles. En cualquier caso, Heredia consiguió ayuda para contratar un vehículo que fuese a recogerlo y, disfrazado, se lo llevaron de vuelta a Caracas, donde pasó dos meses escondido.

Heredia confiesa que uno de los momentos en los que pasó más miedo fue el 26 de diciembre, el día después de su fuga. En respuesta a su huida, las autoridades venezolanas fueron a la casa de su familia y la secuestraron para interrogarla para saber dónde estaba su hijo. «A mi mamá, a mi papá, hermana, cuñado y a mi sobrino de 8 años: se los llevaron a todos y dejaron a una sobrinita de un sólo año en la casa. También se llevaron a mi vecina y dejaron a su hijo con una enfermedad especial en el apartamento. Hasta se llevaron a un primo mío y el DGCIM trató de usar su cuenta de Facebook para contactarme y engañarme, pero me di cuenta».

Sus seres queridos permanecieron secuestrados durante dos meses. La famosa abogada pro derechos humanos Tamara Sujú y el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), el uruguayo Luis Almagro, denunciaron públicamente la tropelía y pidieron su liberación, pero «en los medios venezolanos, claro, todo fue censurado. Hasta trataron de difamarme, ya que muchos intentaron decir que había pagado a los custodios para huir. Pero si le preguntas a cualquier preso te dirá la verdad: ‘Se escapó solito’. ¡Si hasta fueron a hacer la reconstrucción de los hechos!», afirma, contundente. Finalmente, tras no conseguir recabar información, su familia fue puesta en libertad.

Así las cosas, el capitán llegó a Maracaibo y cruzó la frontera escondido en un camión de contrabando de gasolina por la Alta Guajira hasta llegar a Maicao, en Colombia. De ahí viajó a Bogotá. «Estuve dos años en la capital limpiando sartenes, hasta que ganó Petro. Ya había reunido los dólares suficientes, así que contraté a varias personas que me llevaran a través de la selva hacia mi objetivo: Estados Unidos. Crucé la selva del Darién, pasando toda Centroamérica hasta llegar a México. Pasé por Río Bravo hacia Texas, me entregué a las autoridades y allí comenzó mi proceso migratorio. No hubo resistencia. Junto a 300 personas nos detuvieron, nos llevaron a San Diego en avión, esposados, y de allí tomé un vuelo hacia Florida». Actualmente Heredia reside en Mississippi y se encuentra a la espera de recibir una documentación válida que le permita trabajar legalmente en Estados Unidos bajo la figura de refugiado político. El 15 de diciembre de 2023 su caso se resolverá en las cortes.


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Semanario El Venezolano. Madrid, del 03 al 16 de agosto de 2022

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