Por Joseph Poliszuk | M.ª Antonieta Segovia | M.ª de los Ángeles Ramírez
armando.info
A partir de imágenes satelitales y con la ayuda de Inteligencia Artificial, fue posible identificar 3.718 puntos de actividad minera, en su mayoría ilegal, en los estados Bolívar y Amazonas, entidades que juntas suman casi la mitad del territorio venezolano. Aledañas a esas áreas deforestadas, que en total equivalen a 40.000 campos de fútbol, a menudo se encuentran pistas clandestinas -hasta 42 se detectaron- que sirven al crimen organizado transfronterizo para despachar valiosos cargamentos de oro y drogas, como se muestra en esta primera entrega de la serie ‘Corredor Furtivo’.
La selva de Venezuela encubre al menos 42 pistas de aterrizaje desde las que despegan en secreto avionetas cargadas con oro de la región de Guayana. La mitad de esas pistas se encuentran junto a alguna de las tantas minas ilegales que emergen al sur del río Orinoco, el más largo del país y el tercero de Sudamérica.
También se observa que más de una docena de las pistas de aterrizaje se ubican en las riberas del río Caroní, que se origina cerca de la frontera con Brasil y atraviesa de Norte a Sur el estado Bolívar, y es el último gran tributario del Orinoco antes de que este desemboque en el océano Atlántico.
No es nuevo advertir que buena parte del oro sale por vuelos furtivos. Pero un trabajo conjunto de Armando.info y El País, con el apoyo de la Red de Investigaciones de Bosques Tropicales del Pulitzer Center y la organización noruega Earthrise Media, permite mostrar hoy por primera vez en el mapa de Venezuela los puntos estratégicos que han establecido las redes de contrabando para sacar cargamentos ilícitos por vía aérea. Se trata de la primera entrega de esta serie, Corredor Furtivo.
La evidencia sobre el mapa
Georreferenciación de minas ilegales para extraer oro y pistas clandestinas en Bolívar y Amazonas.
Al hacer clic o tap sobre las pistas destacadas (azul) puedes verlas en detalle en zoom dirigido
Este trabajo es el producto de un algoritmo que se programó y procesó hasta septiembre de 2021, por lo que algunas de las pistas y minas que se señalan en los recuadros rojos son aún más recientes o grandes que como se ven en el mapa base de Mapbox.
Los hallazgos se desprenden de un levantamiento de información por monitoreo satelital, procesado luego con Inteligencia Artificial, para ver y entender la evolución del fenómeno minero en la Guayana venezolana, al norte de la Amazonía.
Con ayuda de expertos, se programó un algoritmo para reconocer y asociar imágenes similares a las correspondientes a tomas cenitales de minas a cielo abierto y pistas clandestinas, y así identificar esos patrones en la selva. El resultado distingue 3.718 puntos con explotaciones ilegales de oro en los estados Amazonas y Bolívar, entidades que suman 418.145 kilómetros cuadrados de superficie, casi la mitad del territorio venezolano.
Cartografía de las pistas
La proximidad entre pistas y minas clandestinas se puede comprobar, por ejemplo, en el punto correspondiente a las coordenadas 4°45’25.2″N 61°29’07.2″W, En ese sitio de la Gran Sabana se observa una pista en medio de un territorio en el que se hace evidente la expansión de minas a cielo abierto desde 2015, según se constató en un seguimiento histórico del satélite Sentinel-2 de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés).
La Gran Sabana, al sureste del estado Bolívar, cerca de la frontera con Guyana Esequiba, constituye un paraje y ecosistema singulares, una altiplanicie de 10.000 kilómetros cuadrados que sirve de umbral de acceso a la región de los tepuyes, macizos característicos del Escudo Guayanés.
Algo similar se encuentra en las coordenadas 5°58’54.2″N 63°13’41.7″W, un punto dentro del Parque Nacional Canaima. Fundado hace 60 años y declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en 1994, el Parque Nacional Canaima no es solo el escenario del Salto Ángel, la catarata más alta del mundo, sino la joya de la corona de los monumentos naturales del sur de Venezuela.
En las coordenadas 4°52’22.1″N 62°26’02.1″W, a orillas del Caroní, en 2015 quedaron registros de dos pistas que se entrecruzan. En la actualidad, todavía se distingue una de ellas muy cerca de una gran mina a cielo abierto, al otro lado del río.
Algunas de las pistas ya estaban emplazadas desde décadas anteriores para servir a comunidades indígenas o poblaciones remotas dispersas en la accidentada geografía de la zona, pero no deja de llamar la atención que se trate de instalaciones ubicadas muy cerca de minas emergentes. Verbigracia, el caso de la comunidad piaroa (pueblo uwottüja) establecida al noroeste del estado Amazonas, en un territorio conocido con el nombre de Janacome, en el municipio Atures, frontera con Manapiare. Allí, al lado del campamento indígena, destaca una pista en las coordenadas 5°37’58.3″N 66°26’48.7″W, a escasos dos kilómetros de tres minas emergentes de las que no una, ni dos, sino tres fuentes, afirman –bajo condición de anonimato– que se encuentran en manos de la disidencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
Encuentro de dos mundos
Más que de una denuncia en particular, se trata de una retahíla de relatos que dan fe de la presencia de tropas guerrilleras en el Amazonas venezolano, y del uso y usufructo de ese territorio para la minería, a pesar de que está prohibida por mandato de ley: “¡Cuidado con la guerrilla!”, es un rumor, una conseja, un miedo, que ha estado en el ambiente al menos en la última década, pero que pocas veces ha quedado tan de manifiesto como cuando, dos años atrás, en una suerte de encuentro de dos mundos, los guerrilleros se presentaron ante los indígenas locales como sus nuevos vecinos.
Ese día, 23 de febrero de 2020, una comisión de combatientes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se presentó durante una asamblea ante los representantes de las comunidades piaroa de las riberas de los ríos Autana, Cuao, Sipapo y Guayapo, en la localidad de Pendare. Allí, en ese rincón selvático del occidente del Amazonas venezolano, a medio camino entre la margen derecha del río Orinoco y el famoso cerro Autana –de singular forma, como de un tronco de árbol pétreo, protagonista de mitos aborígenes y carteles turísticos–, formalizaron sus nuevos campamentos y pidieron adoptar la política del buen vecino.

Audio de la Asamblea de guerrilleros con los indígenas.
En la reunión, los guerrilleros aseguraron que venían en son de paz, que su intención era proteger el territorio y que, incluso, contaban con la venia del gobierno central en Caracas. Pero no solo encontraron la resistencia indígena, sino que nunca esperaron que los piaroa también supieran grabar audio y video, con lo que entonces quedó registro de la presencia de grupos irregulares. Así recogieron el testimonio de uno de los indígenas, que en su intervención durante la asamblea advertía sobre “una pista clandestina que existe allá en Autana [uno de los municipios del norte de Amazonas y epicentro del territorio piaroa]”. “¿Eso es puro cuento?”, preguntaba, desafiando a los uniformados: “Disculpe, ¿será que allá en Autana no hay una pista de aterrizaje?”, a lo que la concurrencia respondió a coro con un claro: “¡Sí hay!”.
“¿Qué están trabajando? ¿Seguridad? ¿Seguridad de la Nación? El pueblo quiere saber qué pasa”, insistió el vocero de los piaroa. En sintonía con sus palabras, la Organización Indígena del Pueblo Uwottüja del río Sipapo (Oipus) rompió el silencio tres días después, para solicitar al Estado venezolano que hiciera algo. No solo pidieron que la administración de Nicolás Maduro reconociera el apoyo del que hablaban los guerrilleros, sino que también expulsara los aviones que han invadido su espacio. “Declaramos el rechazo a la explotación de la minería, también rechazamos que use nuestro territorio para el tránsito de actividades ilícitas”, señalaron en el comunicado del 26 de febrero de 2020. “Que explique o aclare a nuestro pueblo indígena sobre la construcción de pistas de aterrizaje, que durante las noches [sic], despegan y aterrizan en el sector de río Autana”.
No había pasado un mes de esa exhortación cuando otro extraño aviso volvió a poner en evidencia, en marzo de 2020, que el norte de Amazonas se ha vuelto un puente aéreo para e tráfico de drogas y minerales: una avioneta apareció abandonada cerca de la población de San Pedro del Orinoco, de coordenadas 04°36′30.52″N 67°46′12.88″W. Los restos de la aeronave aún dejaban leer en la cola y el fuselaje las iniciales de sus siglas, “PT”, que corresponden al registro aéreo de Brasil.
Algo huele mal en San Pedro del Orinoco
Los indígenas ubican una pista en ese punto de la frontera con Colombia. Se trata, sin embargo, de un lugar que pasó inadvertido en el rastreo satelital programado para este trabajo. Todavía un año después, para marzo de 2021, los satélites de Planet, Digital Globe y Google no registraban pista alguna en la zona; tampoco el Sentinel-2, que sirvió de base para programar el algoritmo de este trabajo. En ese punto se veía, sí, un largo camino de tierra por el que debieron transitar los indígenas al momento de encontrar la avioneta.
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(*) Esta es la primera entrega de una serie investigada y publicada en simultáneo por Armando.info y El País, con el apoyo de la Red de Investigaciones de los Bosques Tropicales del Pulitzer Center y la organización noruega EarthRise Media.
En el diseño, programación y montaje del algoritmo, mapa, investigación y edición, participaron Edward Boyda, Caleb Kruse, Jorge Luis Cortés, Cristian Hernández, Javier Lafuente, Ewald Scharfenberg, Guiomar del Ser, Fernando Hernández, Ana Fernández, Eliezer Budasoff, Alejandro Gallardo, Luis Sevillano, Ignacio Catalán, Vanessa Pan y Pablo Rodríguez.


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